
“Estafador, miserable y payaso”: Kicillof se la juega contra Milei

“El Ruso” en campaña
Axel Kicillof no esquivó la pelea: la buscó. En Pilar, bajo el paraguas de un acto que se llamó “La Fuerza de la Salud”, el gobernador bonaerense cargó contra Javier Milei con palabras que no dejan lugar a interpretaciones: “estafador, mentiroso y miserable empleado de las corporaciones. Payaso de los intereses concentrados de la Argentina”. En el tramo final de la campaña, Kicillof aceptó el convite: sabe que lo pusieron en el ring para medirse con el Presidente y eligió dar la batalla ahí, donde el contraste es nítido.
El mensaje fue más que un exabrupto: fue estrategia. Mientras Milei intenta nacionalizar la elección bonaerense y victimizarse en cada acto del conurbano, Kicillof entiende que no puede correrse del centro de la disputa. Lo dijo sin rodeos: “El conflicto principal del país no es la casta contra los argentinos de bien. Las antinomias en Argentina siguen siendo las mismas: si un grupo concentrado se lleva nuestra riqueza o si la riqueza y el bienestar es para el pueblo”.
La fórmula es clara: el gobernador busca encarnar el modelo opuesto al ajuste libertario. Recordó que las medidas de Milei no golpearon a la “casta”, sino a “trabajadores, jubilados, la industria nacional, la salud y la educación pública”. Y remató con un guiño a la interna libertaria: “Nunca más claro que con el 3% de Karina Milei”.
No fue un acto aislado. Lo rodeaban Malena Galmarini —candidata a senadora bonaerense—, Gabriel Katopodis, Carlos Bianco y Federico Achával, intendente local. Y unas horas después, en La Plata, Kicillof sumó a los gremios estatales: docentes, médicos, judiciales, ferroviarios. Allí, con Hugo Yasky y Hugo Moyano hijo en la lista nacional de su espacio Derecho al Futuro, planteó que la campaña también se juega en el terreno sindical: “Ellos atacan el Estado y nosotros lo defendemos, pero no para quedarnos con lo que no funciona, sino para transformarlo”.
El gobernador no disimula el riesgo. Sabe que septiembre será su examen más duro y que el fuego no vendrá solo de Milei: también puede venir desde adentro, con sectores del peronismo que lo miran con recelo. Por eso insiste en reconciliar al pueblo con el Estado, admitiendo falencias pero defendiendo la herramienta pública como única garantía de derechos. “La educación pública tiene deficiencias, pero destruirla no implica que venga un privado a resolver eso: lo que queda es vacío y desprotección”, advirtió.
En la rosca bonaerense, su jugada es transparente: Kicillof se cargó la campaña al hombro. Eligió ser el rostro del contraste. No busca un tono gris ni la tibieza de los consensos: elige polarizar con Milei. Si el Presidente propone motosierra, él responde con Estado. Si Milei se victimiza con piedras en Lomas, él replica con sindicatos, intendentes y hospitales como escenografía.
La disputa ya está planteada. Kicillof sabe que septiembre lo encontrará en el centro de la tormenta: con fuego enemigo de Milei y fuego amigo del propio peronismo. Eligió aceptar la pelea y subirse al ring que lo esperaba. Con insultos que hacen ruido y con gremios que aún pueden traccionar votos, su campaña se resume en una apuesta simple y brutal: Milei o él. Dos modelos, dos boletas, un ring. El resto es ruido de fondo.


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