
La expedición CONICET: el amor por la ciencia pública

El streaming que reconcilió al país con su futuro
Una cámara a 3.000 metros de profundidad transmitiendo en vivo desde el talud continental. Un chat repleto de gente bautizando criaturas marinas con nombres absurdos y entrañables. Un equipo de científicos, entre broma y broma, explicando lo que veíamos. Y un país, acostumbrado a la catarata de violencia y miseria informativa, que frenó para mirar. El Cañón de Mar del Plata se convirtió en un fenómeno social inesperado: ciencia pública, gratuita y de calidad, convertida en entretenimiento masivo.
El contexto importa. Hablamos de un organismo —el CONICET— que viene de recortes, desprestigio y ataques verbales. De investigadores acusados de “ñoquis” a científicos que se fueron del país por falta de apoyo. Y, sin embargo, la respuesta fue esta: mostrar, en tiempo real, un mundo que nadie había visto y hacerlo con humildad, humor y rigor. Sin bajar línea ni discursos políticos, el streaming fue una crítica feroz al poder que los quiere achicar: acá estamos, esto hacemos, así de valioso es.
En tiempos en que todo parece una pelea en redes, este evento generó un pacto tácito: por unas horas, la conversación giró alrededor de estrellas de mar “culonas”, calamares voladores y pulpos “Dumbo”. Las jugueterías reportaron subas en juegos de ciencia y kits para explorar. Familias enteras se sentaron frente a la pantalla, se olvidaron del teléfono y compartieron asombro. Fue como si el país recordara algo que siempre supo: que la educación y la ciencia pública son parte de su ADN cultural.
Hay también un hilo más profundo: el deseo de belleza, de curiosidad y de sentido común. En un entorno saturado de insultos y teorías conspirativas, la transmisión nos devolvió la experiencia de descubrir juntos. La comunidad científica, sin marketing ni consultoras de imagen, logró lo que ningún spin doctor podría: que la gente se enamorara de su trabajo. Y lo hizo sin forzar el vínculo, dejando que las imágenes hablaran.
Ayer terminó la expedición, pero ya hay próximas misiones anunciadas. La expectativa es alta. Lo que está en juego no es solo seguir viendo criaturas fascinantes, sino mantener abierto ese canal simbólico que une a la ciencia con la sociedad. Porque en un país que se debate entre el ajuste y la esperanza, ver a un grupo de científicos argentinos explorando el fondo del mar y compartiéndolo con todos es más que un espectáculo: es una declaración de principios.
El grito no estuvo en una pancarta, sino en un stream: el conocimiento nos pertenece, nos define y nos une. Y esa es una bandera que ni el recorte más salvaje puede borrar. Los argentinos tenemos la educación pública, la salud pública y la ciencia pública como un valor indeclinable y parte de nuestra identidad.








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